martes, 21 de agosto de 2012

Historias explicadas a Princesas.

Había una vez una niña que tenía un sueño.
Había una vez una niña que creció.
Había una vez una niña que se convirtió en adolescente.
Había una vez una adolescente que tenía el mismo sueño que la niña que había sido años atrás.
Había una vez una bruja muy, muy mala llamada Sociedad que escupió sobre su sueño de la forma más rastrera.
Había una vez una adolescente que escogió el camino difícil.
Había una vez una adolescente que cumplió su sueño y se lo restregó al mundo.
Había una vez una adolescente feliz y una bruja ,llamada ''Sociedad'', arrepentida.

lunes, 20 de agosto de 2012

El primer beso.

Mi camino.


Cada día que mi vida es más rutinaria, constante, indiferente… No creo que esté hecha para vivir así. Necesito algún cambio, aventuras… No sé si un día llegaré a escaparme de casa, no creo que pueda aguantar mucho más así. Todos los días espero que suceda algo emocionante y todos los días me llevo una decepción. Cada vez me distancio más de mi familia, de mis amigos…esperando un retorno a esa vida inesperada, increíble. Pero nunca ocurre y yo me voy separando más de la gente que me quiere y a la que en todo momento quise.
No sé qué me pasa. Me siento decepcionada conmigo misma, y huraña con el resto. Siempre pensé que a mí nunca me pasaría esto. Era una niña risueña, agradable, divertida… Sí, esa es el verbo: ERA. Parece que el colegio acaba, damos vacaciones de Navidad. Una época de felicidad por estar con la familia, por los regalos…o al menos, eso me parecía antes. Ahora es una época como otra cualquiera: de tremendo aburrimiento.
Estoy yendo a mi casa en autobús. Mis padres no están, pero tengo llaves. No sé lo que haré en adelante, no sé si lograré subsistir. Cojo la mochila y le meto cosas que podrían ser importantes, así como una fotografía de mi familia y otra de mis amigos. Me la cuelgo a los hombros, abro la puerta y me voy.
No sé lo que me espera ahí fuera, pero no tengo pensado volver. Al menos por ahora.
He dejado una nota en la nevera:
‘Me voy, no por un día, o una semana. No sé si volveré. Os quería y creo que os sigo queriendo, pero ya no estoy tan segura. Perdonadme. Adiós,
Raquel.  ’ .

La huída.


5:17 de la mañana. Doy vueltas en la cama, no puedo dormir. Me levanto y paseo un poco por la habitación. Todo está en silencio, no se escucha ni un sólo ruido y eso no me gusta.
Desde aquel día nunca soy capaz de descansar toda la noche, y de eso hace ya casi un año. Sus    ojos no desaparecen de mi mente. Unos ojos grises, que no dejan de mirarme.
He tenido que mudarme, que cambiar de identidad, pero ellos saben dónde estoy. Toda la calle continúa en silencio, no  me parece una buena señal. Me asomo por la ventana, subiendo un poco el cristal.
Los veo: Son los mismos tipos que me perseguían en Roma.  Tengo que huir de aquí. Cojo un par de cosas: La foto de mis padres, que beso todas las noches antes de quedarme dormida, y el camafeo de mi abuela. Me visto y preparo a la velocidad de la luz una bolsa con un poco de ropa. El corazón se me acelera, supongo que mi cuerpo aún no se da acostumbrado a estos sobresaltos.
Reviso de nuevo la ventana y veo que comienzan ya a salir de los coches. Mi mente empieza a diseñar un plano del hostal y encuentro mentalmente la escalera de incendios, que da al patio opuesto a donde me están esperando unos señores no demasiado amables con alguna que otra arma, listos para acabar con mi vida. Me cuelgo la mochila al hombro y abro la puerta. Salgo al pasillo y avanzo hacia la ventana que está situada en la zona norte. Me descuelgo: Primero una pierna, luego la otra. El frío invernal golpea mi cara, pero no me importa. Creo que puedo escapar de aquí.
Me balanceo, girándome y quedando sujeta a la escalera de acero. Bajo de forma tan rápida que me quemo las manos por la fricción y me hago un corte en la palma de la mano izquierda. Me llevo la herida a la boca y chupo la sangre, limpiándola y cruzando los dedos para que se me cierre rápido. Sigo descendiendo y doy un pequeño salto, que me hace aterrizar en la acera. Comienzo a correr de manera desesperada, mirando de vez en cuando hacia atrás.
Sonrío al ver que nadie me sigue.
Demasiado fácil.
La siguiente vez que me giro veo a uno de ellos asomado por la ventana por donde yo salí. Al instante, dos hombres más se asoman. Entre ellos pude distinguir su mirada penetrante. Aquellos ojos grises vuelven a mirarme. No me observan desde el mundo de los sueños, no. Me miran desde el mundo real.
Miro de nuevo hacia adelante, sacudiendo la cabeza y acelerando el ritmo de mi carrera.
Ya estoy fuera.
Agarro la verja del jardín y me impulso hacia la izquierda, dando un brusco giro. Me impulso tanto que me caigo y me lastimo las rodillas. Me pongo enseguida en pie e, ignorando el escozor que tengo en la mano y las rodillas heridas, continúo corriendo.
Siempre corriendo.
Incansablemente.

Dolor.


El dolor es un animal asesino, traidor, molesto. A veces resulta reconfortante, como cuando pierdes a un amigo, y sientes un dolor que te demuestra lo mucho que lo apreciabas. El camino hasta el es fácil, pero cuando intentas abandonarlo, te cuesta. Ya sea tanto porque ya te has acostumbrado a su presencia, o por qué lo notas de forma tan punzante e irritante, que no eres  capaz. Siempre he pensado que no era más que una invención, sin embargo, un día lo descubrí. Vi como afloraba por cada esquina de mi piel, de mis labios, de mis ojos. Sentía algo completamente desconocido. Dolor. No un dolor como cuando te caes de la bicicleta. Un dolor inimaginable, un dolor que comía el alma desde el corazón hasta el pecho. Creí que era pasajero, pero no es así. Con el tiempo me he acostumbrado a él, tan presente siempre desde entonces. Ahora creo que es reconfortante, cálido, amistoso. Hay veces en las que se impone, en las que  lo siento ahí, a mi lado. 

Cartas para el olvido.


Cuando miro en tus ojos veo reflejada la eternidad. No somos perfectos. Tú no es perfecto, yo no soy perfecta, pero si lo fuésemos estoy segura de que la vida non sería tan interesante. Hay un poema que reza así:
Un beso tuyo es como un golpe seco en la nuca.
Y eso es justo lo que yo siento. Me quedo sin aire, se me hiela la sangre y se me vacía el cerebro.
Sé que esta euforia que siento nada más verte, nada más besarte, pasará con el tiempo y con la rutina, pero creo que cuando ese momento llegue, una nueva etapa comenzará y que, en lugar de besos eufóricos, aparecerán un compañerismo e una complicidad que muchos jamás alcanzarán. Deseo que esto ocurra, aunque todo a su tiempo. No quero ensimismarme, sino ser la razón de tu ensimismamiento. A veces hasta me gusta discutir contigo, porque sé que después de la riña llegará a conciliación, y no hay un momento más dulce a tu lado. Quizás por eso la gente diga que cuanto más grande es el reto, más grande es la victoria. Y sé que nosotros les ganaremos a los demonios de la estupidez y la irreflexión y pasaremos por delante de ellos, con un gesto tal de felicidad en los ojos que casi será coma si les sacáramos la lengua. En tu sonrisa puedo ver justo ahí, en el interior del labio izquierdo un beso. El beso del que nunca te desprendiste, ni siquiera conmigo. Ahora escúchame bien, porque lo que te voy a decir es muy importante: Guárdalo, guárdalo como si tu boca fuese una caja fuerte, guárdalo para cuando tengamos ochenta años y sigamos juntos, siempre juntos. 

Duelo a muerte.


Era una batalla difícil de ganar. Los sueños de él, contra la sed de sangre del otro.
Comenzó el duelo.
Le deseé suerte, pero nada de eso sirvió. Al fin y al cabo, la muerte tiene siempre la última palabra.
-Cariño, bésame…
Vi sus labios azules, y su palidez, propia de alguien que ha batallado contra el mismo diablo. Sentí su rigidez, propia de un valiente derrocado en combate y, finalmente,
le besé.